
Todas las ideas de las que se hablaron en clases anteriores –una visión territorial frente a una visión sectorial del desarrollo, la gestión tecnológica integrada, la importancia de las pequeñas empresas…- llegaron a América Latina de la mano de los organismos multilaterales, las ONGs y los académicos. De manera que un modelo y unas metodologías prefabricadas nacidas en Europa empezaron a implantarse con resultados desiguales, lo que en muchos casos generó frustración. No podía arrancar sin cambios una metodología que había nacido en una región muy diferente, pues hacía falta tener en cuenta factores como los siguientes:
- Niveles de renta – ahorro – inversión: eran necesarios fondos para invertir y por tanto un endeudamiento externo.
- Factores políticos: la dificultad para construir consensos en torno a proyectos de largo plazo.
- Los dilemas que conllevaba la descentralización.
Sin embargo, la tradición participativa con la que contaba América Latina que, tras años de abandono de la ciudadanía por parte de las instituciones del Estado, se había articulado través de movimientos sociales que habían surgido para resolver los problemas de la población (producción, asistencia, derechos políticos y económicos) facilitó que comenzaran a surgir proyectos más flexibles que los nacidos en Europa.
Esta oleada coincidió con los escenarios democráticos que surgían tras 20 años de crisis política, lo que dio origen a modelos de desarrollo ideados desde abajo -y no implantados por los tecnócratas del Estado- siguiendo el siguiente modelo:
Inviduo (valores, competencias profesionales, experiencia) > Grupo (comunicación, creación de conocimiento) > Organización (acciones, materialización)
Aquí –como ya se ha comentado más de una vez- el grupo es la clave, pues ahí es donde se conocen las necesidades de la gente, de cuya interacción surge la innovación.
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